Los viajeros del tiempo.

Qué trivial le parecía la vida. Al menos en aquellos tiempos. Gente corriendo para no perder el autobús, mujeres colocándose el pelo para dar su mejor aspecto. Las sonrisas cordiales de la gente.

Salía del hospital cada mañana, después de una larga noche al lado de su hijo. Los tubos que lo mantenían respirando llenaban el diminuto espacio de la unidad de cuidados intensivos. Los médicos habían sido delicados, pero claros: el accidente casi se lo lleva por delante y, si había proceso de recuperación, iba a ser prolongado.

Condujo durante treinta minutos y al fin llegó a casa. Estaba echa un desastre. La ropa sucia se amontonaba por la cocina, los platos se apilaban en el fregadero y el suelo estaba lleno de motas de polvo. Le dio absolutamente igual. Ella, que era tan pulcra, ordenada y eficiente en casa. Y en el trabajo. Y en la vida. Qué importaba.

Se pegó una ducha rápida, bebió un vaso de leche fría y se metió en cama. Se despertó a las dos horas. Se vistió y volvió a subirse al coche. Los médicos pasaban revisión antes de la hora de comer, y quería estar allí. Aunque ya sabía que no le iba a dar muchas novedades.

– Estable, dentro de la gravedad. No ha habido grandes cambios. Si todo sigue igual, en un días lo subiremos a planta.

A los cinco minutos, recibió una llamada. Últimamente recibía muchas, aunque algunas no las contestaba. Consistían en decir lo mismo, una y otra vez y escuchar las mismas frases de consuelo. Una y otra vez.

En esta ocasión, era su marido.

– ¿Qué tal está?
– Sin cambios.
– ¿Has dormido algo?
– Un par de horas.
– Pues vete a comer. Si pasa algo ya te avisarán.
– No tengo mucha hambre.
– Pero algo tienes que comer, Susana.
– Sí sí, ya voy luego.
– A ver si hoy salgo más temprano del trabajo y voy para ahí.
– Vale.
– Bueno, chao.
– Chao.

Fue a la cafetería. Después de varias semanas, ya le tenían un sándwich apartado y le prepararon el café al instante. Salió fuera, comió el bocadillo y se encendió un cigarrillo.

La tarde transcurrió sin más novedad. A las siete llegó Óscar. Entró en la habitación, miró para su hijo durante uno segundos y le dijo a Susana si lo acompañaba a fumar. Salieron en silencio. Se pasaron el mechero y encendieron los cigarros.

– Me llamó Telma. Me preguntó cómo estabas. Bueno, cómo estabais. Dijo que, cuando puedas, que la llames. No te quiere perder.

– Ya le dije que lo dejaba. Esto va para largo y es lo más importante para mi.

Estas últimas palabras salieron como con un rencor que llevaba semanas acumulando. Las cortas llamadas de teléfono con su marido ya daban a entender su enfado, pero aún no había tenido la oportunidad de verbalizarlo. Ni siquiera había tenido la oportunidad, y eso era algo que la enfurecía aún más. Su marido lo entendió al momento.

– ¿Y qué hacemos? ¿Dejamos de pagar las facturas, la casa y la comida? Porque la verdad es que no sé qué quieres que haga.

– No es eso. No soy estúpida, sé que hay que seguir pagando las cosas. Pero parece que te importa más tu maldito trabajo que David.

Óscar la miró, enfurecido.

– ¿Cómo puedes decir eso? Me duermo y me despierto pensando en él. Es nuestro niño.

Se dio la vuelta y comenzó a pasear de un lado para otro, intentando disimular las lágrimas.

Se habían encerrado en sí mismos, pasando el vendaval solos. Era lo que hacían cuando surgían problemas. Era una especie de regla implícita, ya que creían que así no dañaban al otro. Pero los distanciaba más.

Su marido volvió al ataque.
– Si lo dejo, ¿qué pasará cuando salgamos de esto? No es fácil encontrar otro trabajo hoy en día. Entiendo que uno de nosotros tiene que estar aquí. De acuerdo. Pero si tú no quieres estar o te sientes capaz, vengo yo. En serio, somos un equipo.

– Ya – respondió Susana, reflexionando- Mira, lo siento. Sé que tienes razón. Y prefiero quedarme yo aquí. Es que joder, estoy tan cabreada. ¿Por qué a nosotros?

– La vida es así, cariño. No le des más vueltas.

Susana se desmoronó. Comenzó a llorar, algo que no había hecho desde el accidente. Él la abrazó y la besó tiernamente en la cabeza.

Volvieron a entrar. Luego, a las diez, Óscar se levantó de la silla,y besó a su hijo en la frente. Luego se dirigó a Susana.

– Me voy, ¿estás bien?
– Sí, tranquilo.
– Cualquier cosa, llámame.
– Sí. Vete y descansa.

Lo acompañó a la puerta del hospital. Se montó en el coche, a luchar por el futuro. Ella se dio la vuelta y entró en el hospital, a luchar por el presente.