La habituación.

La habituación sucede cuando las sensaciones provocadas por un fenómeno comienzan a perder intensidad. La prolongación del hecho en el tiempo genera, en la gran mayoría de las ocasiones, una disminución de la fuerza de la emoción que estamos experimentando.

Además podemos hablar de cualquier emoción, pues la habituación  no responde a ninguna dualidad: ocurre tanto en el placer y en el dolor, en los hechos más alegres y más tristes, en la más tediosa monotonía y en la más diversa heterogeneidad. Quizás por esto somos capaces de dejar de apreciar las cosas por las que somos afortunados: la riqueza, la salud, el tiempo, la familia. Y, al mismo tiempo, también somos capaces de superar las grandes desgracias que le pueden suceder al ser humano: las guerras, la muerte de nuestros seres queridos, la enfermedad, la pobreza.

Parece que la habituación depende del tiempo. Pasa gracias al tiempo. Pasa gracias a que el tiempo pasa. Quizás es un mecanismo evolucionista. Nos permite sobrevivir. Nadie puede adaptarse a las circunstancias (cualesquiera que sean) en un estado de euforia completa, de satisfacción, de orgullo.  Ni tampoco  en un estado de máximo miedo, de ansiedad, de tristeza, de nostalgia. Tenemos que continuar adelante, seguir viviendo. Seguir viviendo supone que siga pasando el tiempo. Y quizás el tiempo nos ayude haciendo funcionar la habituación al ritmo de su avance.

 

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