A los veintitantos.

A los veintitantos aprendes que la vida ya no pasa tan despacio. Que no todos los sueños se cumplen. Que ya finalizaron algunos plazos.

Descubres que tus padres tenían más idea de que la que creías. Que tienes que coger ya la riendas de tu vida. Y que debes sacudirlas con fuerza y a prisa.

Sabes que es hora de creer en uno mismo, o de comportarse como si lo creyeses. Que es hora de superar los miedos, u ocultar que los tengas. Que es hora de repartir bien el tiempo, porque comienza a ser un privilegio.

Acabas de soñar y empiezas a luchar por tu sueños. Acabas de terminar de conocerte y comienzas a saber qué es lo que quieres.

Que después de un domingo de resaca viene un lunes de trabajo. Que el alcohol ya no cura la heridas. Que no hay a quien culpar de tus estupideces.

Que solo te despertará, y a veces, el reloj. Y también que, a veces, no es amor.

Descubres que no morirás ni matarás por nadie, y que nadie lo hará por ti. Y que si lo hace, tienes que huir.

Que el grado de confianza en alguien solo tiene dos opciones.

Que la mejor fidelidad es hacia uno mismo.

Que no quieres vivir una mentira.

Que no quieres vivir por nadie.

Y que, al sacudir las riendas, despiertas los miedos. Y luego, comienzas a avanzar.actor-1867561_640

La habituación.

La habituación sucede cuando las sensaciones provocadas por un fenómeno comienzan a perder intensidad. La prolongación del hecho en el tiempo genera, en la gran mayoría de las ocasiones, una disminución de la fuerza de la emoción que estamos experimentando.

Además podemos hablar de cualquier emoción, pues la habituación  no responde a ninguna dualidad: ocurre tanto en el placer y en el dolor, en los hechos más alegres y más tristes, en la más tediosa monotonía y en la más diversa heterogeneidad. Quizás por esto somos capaces de dejar de apreciar las cosas por las que somos afortunados: la riqueza, la salud, el tiempo, la familia. Y, al mismo tiempo, también somos capaces de superar las grandes desgracias que le pueden suceder al ser humano: las guerras, la muerte de nuestros seres queridos, la enfermedad, la pobreza.

Parece que la habituación depende del tiempo. Pasa gracias al tiempo. Pasa gracias a que el tiempo pasa. Quizás es un mecanismo evolucionista. Nos permite sobrevivir. Nadie puede adaptarse a las circunstancias (cualesquiera que sean) en un estado de euforia completa, de satisfacción, de orgullo.  Ni tampoco  en un estado de máximo miedo, de ansiedad, de tristeza, de nostalgia. Tenemos que continuar adelante, seguir viviendo. Seguir viviendo supone que siga pasando el tiempo. Y quizás el tiempo nos ayude haciendo funcionar la habituación al ritmo de su avance.

 

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Los viajeros del tiempo.

Qué trivial le parecía la vida. Al menos en aquellos tiempos. Gente corriendo para no perder el autobús, mujeres colocándose el pelo para dar su mejor aspecto. Las sonrisas cordiales de la gente.

Salía del hospital cada mañana, después de una larga noche al lado de su hijo. Los tubos que lo mantenían respirando llenaban el diminuto espacio de la unidad de cuidados intensivos. Los médicos habían sido delicados, pero claros: el accidente casi se lo lleva por delante y, si había proceso de recuperación, iba a ser prolongado.

Condujo durante treinta minutos y al fin llegó a casa. Estaba echa un desastre. La ropa sucia se amontonaba por la cocina, los platos se apilaban en el fregadero y el suelo estaba lleno de motas de polvo. Le dio absolutamente igual. Ella, que era tan pulcra, ordenada y eficiente en casa. Y en el trabajo. Y en la vida. Qué importaba.

Se pegó una ducha rápida, bebió un vaso de leche fría y se metió en cama. Se despertó a las dos horas. Se vistió y volvió a subirse al coche. Los médicos pasaban revisión antes de la hora de comer, y quería estar allí. Aunque ya sabía que no le iba a dar muchas novedades.

– Estable, dentro de la gravedad. No ha habido grandes cambios. Si todo sigue igual, en un días lo subiremos a planta.

A los cinco minutos, recibió una llamada. Últimamente recibía muchas, aunque algunas no las contestaba. Consistían en decir lo mismo, una y otra vez y escuchar las mismas frases de consuelo. Una y otra vez.

En esta ocasión, era su marido.

– ¿Qué tal está?
– Sin cambios.
– ¿Has dormido algo?
– Un par de horas.
– Pues vete a comer. Si pasa algo ya te avisarán.
– No tengo mucha hambre.
– Pero algo tienes que comer, Susana.
– Sí sí, ya voy luego.
– A ver si hoy salgo más temprano del trabajo y voy para ahí.
– Vale.
– Bueno, chao.
– Chao.

Fue a la cafetería. Después de varias semanas, ya le tenían un sándwich apartado y le prepararon el café al instante. Salió fuera, comió el bocadillo y se encendió un cigarrillo.

La tarde transcurrió sin más novedad. A las siete llegó Óscar. Entró en la habitación, miró para su hijo durante uno segundos y le dijo a Susana si lo acompañaba a fumar. Salieron en silencio. Se pasaron el mechero y encendieron los cigarros.

– Me llamó Telma. Me preguntó cómo estabas. Bueno, cómo estabais. Dijo que, cuando puedas, que la llames. No te quiere perder.

– Ya le dije que lo dejaba. Esto va para largo y es lo más importante para mi.

Estas últimas palabras salieron como con un rencor que llevaba semanas acumulando. Las cortas llamadas de teléfono con su marido ya daban a entender su enfado, pero aún no había tenido la oportunidad de verbalizarlo. Ni siquiera había tenido la oportunidad, y eso era algo que la enfurecía aún más. Su marido lo entendió al momento.

– ¿Y qué hacemos? ¿Dejamos de pagar las facturas, la casa y la comida? Porque la verdad es que no sé qué quieres que haga.

– No es eso. No soy estúpida, sé que hay que seguir pagando las cosas. Pero parece que te importa más tu maldito trabajo que David.

Óscar la miró, enfurecido.

– ¿Cómo puedes decir eso? Me duermo y me despierto pensando en él. Es nuestro niño.

Se dio la vuelta y comenzó a pasear de un lado para otro, intentando disimular las lágrimas.

Se habían encerrado en sí mismos, pasando el vendaval solos. Era lo que hacían cuando surgían problemas. Era una especie de regla implícita, ya que creían que así no dañaban al otro. Pero los distanciaba más.

Su marido volvió al ataque.
– Si lo dejo, ¿qué pasará cuando salgamos de esto? No es fácil encontrar otro trabajo hoy en día. Entiendo que uno de nosotros tiene que estar aquí. De acuerdo. Pero si tú no quieres estar o te sientes capaz, vengo yo. En serio, somos un equipo.

– Ya – respondió Susana, reflexionando- Mira, lo siento. Sé que tienes razón. Y prefiero quedarme yo aquí. Es que joder, estoy tan cabreada. ¿Por qué a nosotros?

– La vida es así, cariño. No le des más vueltas.

Susana se desmoronó. Comenzó a llorar, algo que no había hecho desde el accidente. Él la abrazó y la besó tiernamente en la cabeza.

Volvieron a entrar. Luego, a las diez, Óscar se levantó de la silla,y besó a su hijo en la frente. Luego se dirigó a Susana.

– Me voy, ¿estás bien?
– Sí, tranquilo.
– Cualquier cosa, llámame.
– Sí. Vete y descansa.

Lo acompañó a la puerta del hospital. Se montó en el coche, a luchar por el futuro. Ella se dio la vuelta y entró en el hospital, a luchar por el presente.

¡Bienvenidos!

¡Os doy la bienvenida a coleccionandopaginas! Este es un blog de literatura, dirigido a todos los lectores que les apasiona el mundo de las letras. Mi intención es que las entradas estén dirigidas a la publicación de relatos y microrrelatos de mi propia autoría y a la opinión sobre libros relevantes y actuales.

Desde muy temprana edad, me he apasionado por los libros. Sé que es un argumento muy manido, pero realmente me han transportado a otros mundos, he aprendido cosas, he entrenado mi imaginación, mi capacidad de empatizar y he estimulado (aunque muy poco) mi creatividad.

¡Espero vuestras sugerencias y aportaciones a lo largo de las entradas!